Hoy me llamó Leo, hace un rato. Fue toda una sorpresa. Agradable sorpresa. Hacía mucho que había olvidado como sonaba ese tono entre balbuceante e infantil de Leo, aun así lo reconocí de inmediato. De hecho él se sorprendió que lo reconociera con tanta rapidez.
Hablamos de cosas, de todo y de nada a la vez. En el medio de la conversación me di cuenta de que hacía mucho que alguien no me hacía reír tanto en una conversación telefónica contándome sus andanzas. Por más paradójico que parezca (y los que conocen a Leo me darán la razón), tiene chispa.
Llamaba por una leve inquietud que tenía, y porque como se quebró la pata hace cosa de más de un mes, no tiene mucho que hacer y se acuerda de la gente que tiene guardada en un rincón de su memoria. Ojo, no es una queja ni mucho menos. Es un halago que se haya acordado de mí.
Se quebró tibia y peroné el hombre y si todo sale bien, le sacarán el yeso y le pondrán una bota ortopédica (sic) el 2 de febrero. Por eso desde aquí, mis más sinceros saludos.
Hoy a la noche, levantemos la copa y brindemos por L. Salud.
