jueves, 31 de mayo de 2007

Piropos Proletarios

"Ay, mami, te la doy hasta que se me desintegre", "Te pongo una manzana en la boca y te chupo la concha hasta que salga sidra" o el típico chiflido que indica belleza. Esas son algunas de las frases o acciones que usé como introducción para este artículo. Reconozco que son un poco fuertes, pero vamos... a ver las chicas, alguna vez habrán recibido algún comentario de estos, o conocerán a alguien que los recibió. E insisto, si bien son fuertes, hay otros más fuertes, mucho menos poéticos y demasiado directos como "te chupo la concha cinco días seguidos", o similares, así que no se me quejen por mi forma de romper el hielo.
Por el boom de construcción acá en Rosario, la situación es casi cotidiana. Se deben estar construyendo, promedio, dos edificios por cuadra, lo cual implica que en cada uno de ellos están trabajando una serie de obreros que por lo general supera el número de diez. Ya el obrero de por sí es un tipo de persona que carece de sutileza por diferentes motivos que no vamos a analizar, pero como todo hombre, cuando está en el grupo de amigos con amigotes igual de animalitos que él, tiende a potenciarse y sacar lo peor de sí mismo. Esto agrava la situación que es de por sí bastante desagradable para las pobres e inocentes niñas que, por lo general, son víctimas de esta clase de guasadas universales.
Con los típicos centímetros de raya del orto fuera del pantalón, un traje marrón claro, un casco amarillo y otros elementos característicos, los obreros son reconocidos a distancia. Las niñas, así como los conocen, les temen. Saben que hay una graaan posibilidad de que cuando pasen por al lado de la construcción los muchanchos no puedan contener su ebullición y griten cosas como "te parto el orto en gajos como una mandarina, mami" (ese "mami" de cierre aunque ellos lo pongan para dar un toque de ternura queda bieeen groncho mal). Eso cuando están trabajando, porque en la hora del almuerzo la cosa empeora dado que son cinco o seis juntitos comiendo uno de milanga y mirando a las minitas que pasan por la lleca, ¿me explico?. Escuchar animaladas ya no es lindo, mucho menos en estéreo. O que uno le manifieste su apoyo a quien lanzó la atrocidad con una risa fuerte entre mordiscos al glorioso sandwich.
A veces no dicen nada, nadie sabe bien porqué, pero uno los observa y ve como su cuello se gira cual buho para ver pasar a alguna mina o esas que son lisa y llanamente gatos de la calle negra. Es una coreografía en donde todos giran al compaz del repiqueteo de las caderas de la señorita en cuestión. Es impresionante la coordinación que pueden tener cuando tienen ganas.
Por otro lado tenemos a las mujeres que reciben las adulaciones proletarias. Si bien se jactan diciendo que son unos completos hijos de puta desubicados y malhablados, me parece a mí que llegado el caso en que un ejemplar del sexo femenino pase por una obra en construcción con obreros en pleno trabajo y no reciba comentario alguno, se va a preocupar. Porque si bien dicen que no es de su agrado, bien feas se sentirían si llegado el caso no son aduladas proletariamente. Esto hace que las mayoría de las mujeres que pasan por esta situación replanteen su vida.
Para conluir quiero avisarle a la chicas que hay un "proletario" en cada uno de los muchachos del mundo. Siempre hay una porción (aunque sea mínima) de personalidad que responde al animal obrero y bestial. En algunos está la gran fiera enjaulada, en otros directamente está suelta; por eso niñas quiero advertirles que no se asusten ante los comentarios de este tipo y traten de domar a la fiera en vez de exaltarla para evitar que el lado oscuro nos devore. Hasta la próxima.
Nota: después de terminar de redactar este humilde artículo, en una charla de salida de facultad con Ingrid (mi amorr y mi novia =D), Amparo y Ma. Victoria surgieron otros piropos y otros puntos de vista. No voy a decir quien me dijo el piropo "mira esa zanja y yo sin botas", ni a quien le son de agrado estos porque sería poco ético de mi parte.
Ya que estoy les dejo un saludo a Ma. Victoria y a Amparo y un beso muy grande a Ingrid =)
Ahora sí, me fui. Chau
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domingo, 27 de mayo de 2007

Los Diálogos a través de la Escritura

Me parece que ya descubrí porqué escribo. En una conversación, la mayoría de la gente (dentro de los cuales me incluyo) se deja llevar por la efervescencia de la charla y cree contar con los mejores argumentos que se hayan expuesto jamás y tiende a interrumpir *constantemente* a cualquier interlocutor para defender su punto de vista y atacar el de su contraparte, más allá de si esta terminó o no de aclararlo.

Así es como las conversaciones se van sulfurando y terminan por explotar, lo que nos lleva a una mala comunicación oral y a un estado de violencia que se refleja en casi todos los ámbitos de la vida. Desafortunadamente para mucho de nosotros (vuelvo a incluirme) en las escuelas no se enseña a tener charlas-debates en donde se formen los disertantes de café del mañana. Si nos acordamos bien, en la escuela, cada vez que alguien quería decir algo, siempre, *siempre* en la mitad del discurso saltaba otro que lo cortaba y empezaba con la suya, y como él hacía eso, todos nosotros nos creíamos legitimados a hacer lo mismo, entonces... quilombo.
Lejos de educarnos desde chicos a aprender a escucharnos y respetarnos, se obvia esta táctica por razones que saltan a la vista: nadie puede ni quiere lidiar con el desastre que se forma de opiniones divergentes en un curso lleno de chicos con vocecitas agudas. Trae severas consecuencias psicológicas.
Aclarado esto, creo que también se hace evidente el porqué de los no-comentarios en mis posts.

Espero que esto se revierta algún día y podamos escucharnos entre todos y no que la única forma de permitirle a alguien que hable todo de corrido sea a través de un discurso escrito, o un artículo periodístico o cualquier otro medio *escrito*.
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La firma no es de lo mejor que sé hacer, pero estuve probando un par de brushes que bajó mi hermana y más o menos es esto lo que quedó. Me había hinchado las pelotas de la otra firma, así que le bato esta para cambiar, pero a la brevedad yo calculo que estaré haceindo otra en el mismo tenor pero de mejor nivel.

sábado, 19 de mayo de 2007

El Aniquilamiento de la Razón

Ayer fuimos al Museo del Holocausto en Bs As. Fue una visita que la organizó nuestro profesor de Penal I. La relación entre el holocausto y el derecho penal creo que es evidente: cómo el derecho, que debe tender a la justicia y a la equidad, permitió (y no sólo eso, sino que legitimó y colaboró) a generar la peor masacre del siglo XX.
Más allá del recorrido obligado con guía de por medio que implica la visita a un museo organizada por una institución educativa, la parte que más rescato por lejos fue el testimonio que nos dio un sobreviviente: nos sentaron y nos dijeron que David (tal su nombre) era sobreviviente del campo de concentración y exterminio de Auswitch. Lógicamente una persona así no se conoce todos los días.
Fue realmente escalofriante escuchar los relatos de un tipo que *estuvo* ahí. Al final de la charla le preguntaron por el número tatuado que tenían todos los que iban a campos de concentración o a los de exterminio, y se desabotonó la camisa y mostró el número: B-73Z era, si no me equivoco. "La marca de la bestia" como la llamarían algunos, una marca generada por la peor parte del hombre.
Las cosas que contaba eran de un calibre muy grueso. Eran cosas que si yo viviera, no podría contar. Es horrible escuchar como la cotidianeidad de las muertes repentinas, los fusilamientos y las palizas hacen que uno crea que esa es su vida. La locura de los campos era impresionante. En un tiro, contó que el cigarrillo era un bien muy cotizado en los campos, y que con medio cigarrillo se podía conseguir una rodaja más de pan, que era "otro día de vida". Y acto seguido a esto, dijo que *efectivamente* había gente que prefería fumar a comer. Una locura.
Contó de los diferentes trabajos que tuvo en el campo, y como algunos de esos trabajos los llevaban a bordear el campo de las mujeres, desde donde les tiraban papas y rodajas de pan que, otra vez, eran vistas como "un día más de vida". Así fue como la fue llevando.
Cuando cayó en Auswitch tenía dieciocho años. Para cuando salió, junto con el final de la guerra, dijo que pesaba treinta y ocho kilos, y que engordó veinte en dos meses en el hospital en el que lo cuidaban. Contó una cantidad considerable de anécdotas, y eso que tan sólo estuvo ocho meses, cuando el promedio de vida en los campos era de tres...
Dijo también que le fue duro asimilar por todo lo que había pasado y más duro fue contarlo. Que tardó cincuenta años en empezar a hablar sobre su experiencia en el campo que fue la "mejor" creación del imperio nazi. Tal habrá sido la negación sobre su experiencia, que luego de finalizada la guerra, se enteró que su hermano también era sobreviviente de otro campo y se juntó con él y ambos vinieron para Argentina (donde tenían un hermano establecido hace ya algún tiempo) y *nunca* hablaron del tema. Hasta el día de la muerte de su hermano, él no sabía por lo que tuvo que pasar. Se enteró tiempo después hablando con otra gente, pero nunca tuvo el coraje para escucharlo por la boca de su hermano.
Más triste fue escuchar en una clase del Dr. Rafecas cómo el derecho y la ciencia legitimaron las ideas nazis, de que manera los grandes ilustres de su tiempo buscaban un fundamento a la perversión.
En los minutos que dura la visita, tu vida y tus problemas se tornan insignificantes y ves todo desde otra perspectiva. Te cae la ficha que todos tenemos algo de Hitler adentro... algunos más otros menos, pero tenemos. Que hay que aprender a ser pensantes y críticos con nosotros mismos y con los demás, porque así como vos le das a algunos, otros te pueden dar a vos algún día. No digo que "todo vuelve", simplemente acepto el hecho de que *tal vez* vuelva y es a eso a lo que hay que estar atento. La empatía en exceso puede ser mala, porque termina por despersonalizarte, pero si escasea termina por deshumanzarte. Como todo en la vida, necesita de un balance, un equilibrio, un criterio medio.
Eso fue lo que rescaté del día en el museo. En algún momento de mi vida leeré los tres libros que gentilmente nos regalaron, con más testimonios de sobrevivientes que no se animan a hablar, entonces escribir les resulta mucho más simple. Espero poder encontrar tiempo para leer esos pedacitos de historias contadas por los mismísimos protagonistas.
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lunes, 7 de mayo de 2007

APRENDER A NO OLVIDAR

Hoy llegué a mi casa tarde. Llegué y me dolía la cabeza. Me dolía como el demonio. Primero sentía que un taladro quería entrar por mi parietal derecho y salir por el izquierdo, nada más que no podía y se quedaba en el medio. Después de eso me empezó a doler toda la cabeza como si tuviera una manada de rinocerontes en celo corriendo por el África. Pasado eso, sentía como un pulpo adiposado a toda la cabeza. Rara sensación si las hay.
El punto no está en todo eso. Mi verdadero motivo detrás de este escrito es defragmentar lo que yo creo que fue la verdadera causa de mi jaqueca. Tal vez no lo haya sido, pero es un lindo —y bastante común— chivo expiatorio: el estudio. No es que me haya pegado *la* estudiada hoy... de hecho facultié menos que de costumbre. Pero creo que esas pocas hojas que leí fueron suficiente para desmoronarme. No sé si será de debilucho o por cansancio acumulado, pero estaba casi muerto.
Esto es lo que causa el estudio, no sólo en la etapa universitaria, sino también en años anteriores —no en mi caso, pero conozco algunos—. Esas casi-personas que son la mayoría de los profesores proclamando la importancia única de su materia por sobre las otras me hace vomitar. Son personajes que olvidan con facilidad de donde vinieron. No recuerdan sus períodos de alumnos y olvidaron lo que se siente tener más de las materias que uno puede manejar.
Pero lo más triste de toda esta historia no es eso, sino que hay algunos que somos benevolentes y creemos estas cosas. Entonces, a pesar de sabernos incapcaces, tratamos de mantener el mismo gran nivel de excelencia en todas las materias a costa de horas de sueño, dolores de cabezas, náuseas, temblores o la muerte. Es en ese momento, donde uno finalmente cede ante la presión, en donde ellos ganan. *Ellos ganan*. No. Eso no se debería permitir bajo ningún tipo de circunstancia. No puede ser que se abusen de un poder que no tienen y jueguen con tu salud psicológica. Hay gente a la que *realmente* le importa lo que el profesor tenga que decir sobre ella y quiere ser tratada como un ser humano. En ese momento brotan la sensibilidad y las lágrimas, todo sazonado por un amargo sabor a impunidad e impotencia. Inclusive ya, cuando te dan ganas de llorar... ellos ya ganaron. Se abusaron de ese poder fruto de su delirio, que les dice que tienen la potestad de decidir el destino de un estudiante para bien y para mal. Y como creen tener esa potestad se ponen en una relación de jerarquía, cuando claramente la educación debería ser una relación de iguales y no de jerarquía y mucho menos de abuso.
Esto hace que gente retorcida de más como yo empiece a pensar que los docentes que actúan con las características antes mencionadas vivan en una cárcel, la cual consta de dar año tras año lo mismo, casi sin modificaciones, y que su único disfrute sea generar sufrimiento e inseguridad en los alumnos de ese año. Una actitud que a las claras evidencia la falta de vocación de enseñanza y un patético complejo de inferioridad, pues seguramente y tiempo después muchos de esos alumnos será enormemente más grandes que sus profesores en cualquier cosa que hagan... inclusive si son profesores.
Yo sostengo que el sistema educativo se retroalimenta de amnesia, porque la gente que estudió libros enormes, interminables y complejos se ensaña por alguna razón en escribir libros aún más enormes, interminables y complejos, sabiendo que en su momento detestaron eso. Lo mismo pasa con los profesores, porque olvidan que tuvieron profesores que se creían dioses y jugaban con sus alumnitos como si fueran piezas de un ajedrez hecho de papel de diario y vuelven a repetir la historia. Vuelven a caminar el círculo. No avanzan, no evolucionan y marean al sistema corriendo en redondel.
No dejemos que nos ganen. Hagamos que nuestro tiempo valga. Estudiemos pero no muramos en el intento, porque si salimos vivos de esta tenemos toda la vida por delante para pelear con los contratiempos que nos traerá el trabajo, que no serán pocos.
Pero sobre todo... *sobre todo*, si alguno de nosotros termina nuevamente reinsertándose en el sistema educativo NO olviden su estadía como alumnos. No tomen decisiones arbitrarias desde un solo lado: hablen, consulten con sus alumnos, facilítenles las cosas lo suficiente como para que sea realizable en forma real y recuerden no esperar más de ellos que lo que ustedes mismos hubieran dado en esa época. Si quieren más, incentívenlos... pero nunca abusen de su lugar ni del silencio del alumno, porque alguna vez ustedes también estuvieron ahí y también son bien conscientes de que lo que están haciendo a ustedes también les hubiera roto las bolas.
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