No sé como explicar mi fascinación con la música pop/glam de los ochenta. Últimamente llegué a pensar que soy un tecladista frustrado de una de esas bandas de cabello batido, ropas ajustadas y voces y coros en falsete. Un tipo metido muy adentro en el mundo de la música que murió de sobredosis. Sé que no tiene sentido, pero es factible si son medios místicos y creen en las vidas pasadas, cosa que yo no, pero siempre es bueno tener un escape por donde explicar fetichismos actuales.
Muy seguramente seré criticado, porque no puedo probar lo que digo, pero hay dos razones que me alientan a decir lo que dije. Una es que no me importa lo que me puedan criticar, y yo digo lo que se me canta; y la segunda, a Freud nadie le rompió demasiado las bolas cuando creo la teoría del inconsciente, una teoría que se utiliza hasta el día de hoy y que sigue sin sustento. Por esto es que me tienen sin cuidado los planteos que se puedan hacer.
Es raro que me vea a mi mismo en el medio de la década del ochenta, subido a un escenario con una neblina causada por hielo seco en un balde de agua, un juego de luces multicolores moviéndose como epilépticos en medio de un ataque, un pequeño castillo de teclados con diferentes efectos, el pelo batido a más no poder, maquillaje (mucho maquillaje, sombras, delineador, pintura para uñas), un pañuelo colgando atado de la muñeca derecha, un micrófono para hacer coros (sí, hasta en mis sueños soy un tipo humilde, no me imagino como un cantante/tecladista líder), amplificadores Marshall, un público lleno de minas (y tipos) con los pelos batidos cantando esas letras locas (en inglés, el glam es en inglés… desafortunadamente el idioma más lindo del mundo). El alter show con excesos, chicas, más teclados, más chicas, alcohol, cocaína, heroína, LSD y KISS de fondo.
Vamos, quien no ha soñado alguna vez.
