Bueno, Pascua ha pasado, y atrás han quedado todos los huevos y las huevadas que se hacen en esos días. Pero claro, todo acto tiene una consecuencia. Nada pasa sin dejar remanentes o enseñanzas.
Imagino que la (gran) mayoría habrá transcurrido la celebración de esta parafernalia religiosa en familia, con los clásicos de siempre: el pariente que come hasta reventar, el que quiere sacarle fotos a todo y a todos, la abuela que te retuerce la mejilla como si furas el hombre elástico, el tío borrachín, y una larga lista de etcéteras. Son las típicas situaciones a las cuales nos exponen las fiestas.
Si bien en todas las celebraciones la presencia de chocolates y demás alimentos nocivos es una constante, en las Pascuas esta clase de elementos se ven incrementados, por una simple razón: la gente tiene la obligación moral de regalarte un huevito de pascuas, como para decir “presente” o “me importas algo más que un carajo” Si sumamos esta clase de actitudes, algunos de nosotros nos encontraremos frente a sumas considerablemente sorprendentes de “huevitos de pascuas”.
En esos cuatros días que van del jueves santo hasta el domingo nos la pasamos navegando en un mar de azúcares, chocolates, confites, moños, conejitos de chocolates, sorpresitas adentro de los huevos, la libertad espiritual de sentirnos habilitados de comer hasta morir porque Jesús se sacrificó por nosotros, sidras, ananas fizzs, champagne, café y algún que otro elemento característico que me haya faltado mencionar.
Los primeros días, los torrentes de chocolate con leche, Rocklets y adornos de azúcar nos sientan bárbaros debido a la autoabstinencia que algunos de nosotros tenemos que hacer durante largos períodos que no queremos ni calcular. Los primeros días todo es alegría, devoción, excesos y gula. Está mal que tengamos gula, porque es uno de los siete pecados capitales, pero para esta altura del acontecimiento, el sentimiento religioso comenzó a quedar relegado a un segundo (seguidísimo) plano y los planes de ir a misa “para agradecer por todo lo que tengo” van quedando atrás y el hambre se apodera de estos pobres espíritus.
Una vez saciado el hambre, nos damos cuenta de que aún faltan un par de días para terminar con todo (pascuas y el chocolate). Es ahí donde la cosa se acompleja. Los hombres seguimos comiendo por inercia, comemos simplemente porque hay. Ese es el preciso instante en donde todo se va a la recontra mierda. Comemos la misma cantidad que los primeros días, pero ha sabiendas de que nuestro hígado y nuestro sistema digestivo no están funcionando de la misma forma. Apenas terminamos de comer una porción monstruosa, las consecuencias parecen ausentes, pero el tiempo nos mostrará nuestro error. La pesadez comienza a hacerse presentes en nuestros párpados, el sueño empieza ha ser nuestro pero enemigo. Para “tratar de bajar el postre” tomamos “una copita de sidra que ayuda a la digestión”. Una copita se hicieron dos copas y media o tres, y el gas de esa bebida de mierda nos va a rajar las putas paredes del estómago, pero no importa, seguimos en nuestra gran misión de devorar todo lo antes posible. De golosos seguimos comiendo, y sentimos como nuestros pulmones se achican para cederle paso a nuestro (cada vez más grande) estómago. La vista se empieza a nublar, nos cuesta respirar, erutamos cada vez con mayor dificultad… y el puto huevo de mierda sigue ahí, en pie.
Ante la posibilidad de una indigestión, abandonamos nuestra misión. El chocolate ha ganado una batalla, pero no la guerra. Con la cabeza baja, nos retiramos pensando en nuestra próxima estrategia, pronta a estrenarse en el siguiente encuentro: “y… si como un poco menos tal vez pueda entrarle más duro”, o cosas por el estilo.
Luego de duras derrotas, y sabrosas victorias, por fin vencemos. Pero las consecuencias son visibles. Alguien con desesperación y egocentrismo diría que tiene una “incipiente pancita”, otros con un sentido mucho más realista de las cosas, nos vemos obligados a decir que nos creció la busarda, esa como la que ostentaba Maradona antes de que casi se muriera. Algunos con la frente en alto ante una victoria avasallante sobre nuestro gran enemigo el chocolate nos sentimos orgullosos de decir que no sabemos con que cara vamos a enfrentar el gimnasio la semana que viene, que tenemos miedo de que, haciendo bicicleta, nuestro corazón (con las arterias tapadas por el azúcar) diga que es “demasiado esfuerzo” y tengamos un infarto. Algunos estamos orgullosos de esta busarda salida de una guerra que ganamos.
