Una y media de la tarde. San Lorenzo casi Sargento Cabral hay un video club. Paso todos los días por ahí, así que a la fuerza casi casi me conosco toda la putísima vidriera. Veo que hay un padre con su hijo, con su hijito de no más de 5 años (en un cálculo aproximado de una millonésima de segundo). El chico, muy entusiasmado mirando los muñequitos de Star Wars y las películas infantiles, riendo en contra del vidrio de la vidriera con las rejas de por medio. Un pendejo rubio, que me hacía acordar a mi de pibe. En ese momento hubo cierta alegría en mi corazón y una sonrisa cómplice escapó de mi rostro y se dejó entrever con mis largos pelos tirados sobre la cara.
Una vez que terminé el recorrido de la imagen del pequeño rubio, mi mirada sube y escanea al padre. Un tipo de unos cuarenta y tantos, medio calvo, delgado, bien vestido, pero en eso no puedo evitar mirar que el tipo tenía la mirada perdida, extravida en la parte izquierda de la vidriera, esa bendita parte izquierda, que hacía que se me vayan los ojos un par de años atrás. En esa parte de la vidriera está la parte más rentable de un video club: las pornos. Muy tímidamente se encuentran tapadas las partes pudientes de las mujeres que aparecen en las tapas, porque esa es la idea, que se vea, pero que no se vea. Que la calentura te haga alquilar la película, y que el sátiro del video se regocige pensado: "este es un pajero, y pensar que tiene mujer e hijos..." cual vieja de barrio con ruleros. El tipo tenía la mirada perdida ahí, en títulos como: Cleopatra, Anal Queens y demás. No termino de enteder muy bien porque, pero esa escena me dejó shockeado, trastornado. Era como ver las aspiraciones de dos generaciones diferentes, y algo en mi interior dijo que el rubiecito no estaba equivocado. Son fantasías más sanas y honestas las del pendejo que las del padre.
No se que fue eso, pero me quedó. Por alguna cosa me quedó.
Por BBG
