Ayer fuimos al Museo del Holocausto en Bs As. Fue una visita que la organizó nuestro profesor de Penal I. La relación entre el holocausto y el derecho penal creo que es evidente: cómo el derecho, que debe tender a la justicia y a la equidad, permitió (y no sólo eso, sino que legitimó y colaboró) a generar la peor masacre del siglo XX.
Más allá del recorrido obligado con guía de por medio que implica la visita a un museo organizada por una institución educativa, la parte que más rescato por lejos fue el testimonio que nos dio un sobreviviente: nos sentaron y nos dijeron que David (tal su nombre) era sobreviviente del campo de concentración y exterminio de Auswitch. Lógicamente una persona así no se conoce todos los días.
Fue realmente escalofriante escuchar los relatos de un tipo que *estuvo* ahí. Al final de la charla le preguntaron por el número tatuado que tenían todos los que iban a campos de concentración o a los de exterminio, y se desabotonó la camisa y mostró el número: B-73Z era, si no me equivoco. "La marca de la bestia" como la llamarían algunos, una marca generada por la peor parte del hombre.
Las cosas que contaba eran de un calibre muy grueso. Eran cosas que si yo viviera, no podría contar. Es horrible escuchar como la cotidianeidad de las muertes repentinas, los fusilamientos y las palizas hacen que uno crea que esa es su vida. La locura de los campos era impresionante. En un tiro, contó que el cigarrillo era un bien muy cotizado en los campos, y que con medio cigarrillo se podía conseguir una rodaja más de pan, que era "otro día de vida". Y acto seguido a esto, dijo que *efectivamente* había gente que prefería fumar a comer. Una locura.
Contó de los diferentes trabajos que tuvo en el campo, y como algunos de esos trabajos los llevaban a bordear el campo de las mujeres, desde donde les tiraban papas y rodajas de pan que, otra vez, eran vistas como "un día más de vida". Así fue como la fue llevando.
Cuando cayó en Auswitch tenía dieciocho años. Para cuando salió, junto con el final de la guerra, dijo que pesaba treinta y ocho kilos, y que engordó veinte en dos meses en el hospital en el que lo cuidaban. Contó una cantidad considerable de anécdotas, y eso que tan sólo estuvo ocho meses, cuando el promedio de vida en los campos era de tres...
Dijo también que le fue duro asimilar por todo lo que había pasado y más duro fue contarlo. Que tardó cincuenta años en empezar a hablar sobre su experiencia en el campo que fue la "mejor" creación del imperio nazi. Tal habrá sido la negación sobre su experiencia, que luego de finalizada la guerra, se enteró que su hermano también era sobreviviente de otro campo y se juntó con él y ambos vinieron para Argentina (donde tenían un hermano establecido hace ya algún tiempo) y *nunca* hablaron del tema. Hasta el día de la muerte de su hermano, él no sabía por lo que tuvo que pasar. Se enteró tiempo después hablando con otra gente, pero nunca tuvo el coraje para escucharlo por la boca de su hermano.
Más triste fue escuchar en una clase del Dr. Rafecas cómo el derecho y la ciencia legitimaron las ideas nazis, de que manera los grandes ilustres de su tiempo buscaban un fundamento a la perversión.
En los minutos que dura la visita, tu vida y tus problemas se tornan insignificantes y ves todo desde otra perspectiva. Te cae la ficha que todos tenemos algo de Hitler adentro... algunos más otros menos, pero tenemos. Que hay que aprender a ser pensantes y críticos con nosotros mismos y con los demás, porque así como vos le das a algunos, otros te pueden dar a vos algún día. No digo que "todo vuelve", simplemente acepto el hecho de que *tal vez* vuelva y es a eso a lo que hay que estar atento. La empatía en exceso puede ser mala, porque termina por despersonalizarte, pero si escasea termina por deshumanzarte. Como todo en la vida, necesita de un balance, un equilibrio, un criterio medio.
Eso fue lo que rescaté del día en el museo. En algún momento de mi vida leeré los tres libros que gentilmente nos regalaron, con más testimonios de sobrevivientes que no se animan a hablar, entonces escribir les resulta mucho más simple. Espero poder encontrar tiempo para leer esos pedacitos de historias contadas por los mismísimos protagonistas.

