No era muy chico cuando empecé a tocar la guitarra. Estaba rondando mis catorce años y el rock ya era parte de mi vida hacía un tiempo. Había encontrado una cueva en donde refugiarme de mi vida. Una vez que empecé a tocar algo más de lo básico, me acuerdo que me encantó poder recrear esos temas que tanto me gustaban y tantas cosas me enseñaban. Me sentía feliz, por más que apestaba. Pero yo tocaba hasta morir. Como cualquiera que empieza con algo que realmente le gusta, toqué tanto que le rompí las pelotas a todo el mundo. Para colmo tenía la costumbre de estar inspirado de noche, y tipo como que mucho no podía tocar a altas horas de la noche porque imagínense que si rompía las pelotas de día, de noche la cosa se magnifica.
Toqué mucho durante mucho tiempo. Más que nada en mi pieza, porque nunca me consideré tan bueno como para tener una "banda". Tenía y tengo serios problemas para mantener el ritmo con la guitarra. No soy un tipo muy constante que digamos.
Otro recuerdo que tengo es el del día que me regalaron mi primer guitarra eléctrica. ¡Qué emoción!. La enchufé y le metí la distorsión a lo animal. Era una bestia tocando. Y no en el buen sentido, sino que era una completa verga. Siempre fui de pegarle a las cuerdas más que de tocarlas.
Con la eléctrica, me puse a estudiar guitarra más en serio y cambié de profesor. El vago me dio un par de ejercicios de digitalización y algunas escalas pentatónicas para empezar a improvisar. Tiempo después dejé porque me rompía las pelotas para que lea partitura, y y yo no quería, no me gustaba. Típico adolescente retobado de recontra mierda. Encima ya no tenía tiempo para ir, porque era el primer año de facultad y estaba hasta los pelos. El tiempo nunca fue suficiente para ese primer año.
Sin embargo, me quedó la cosa de la improvisación y de las escalas. Me gustaba mucho eso, porque a veces pegaba un par de notas que me hacían sentir como un guitar heroe. Así fue pasando parte de primer año y la primera mitad de segundo de la facultad. No sin que disminuyera mi práctica. Siempre me sentaba un poquitito menos a tocar e improvisar. A ver que canción fácil y buena podía tocar, para que no me llevara mucho tiempo. Una forma de ocultar el fracaso de no tener el tiempo para ponerme a tocar Escalera al Cielo, por ejemplo.
Ya pasada la primera mitad del segundo año de facultad, mi tiempo dedicado a las seis cuerdas disminuyó abruptamente y mis tres gemas empezaron a acumular polvo y óxido. Cada vez que tenía algo de tiempo para ponerme a hacerlas sonar de vuelta, me encontraba con que las cuerdas estaban hechas mierdas, que las tenía que cambiar, que estaban desafinadas.
Como típico adolescente con un sueño a punto de frustrarse, la peor parte de esta pesadilla fue ver como se me artrorizaban los dedos, porque podía ver mi propia decadencia. Las articulaciones en general se me estaban endureciendo. A medida que pasaba el tiempo fui tocando cada vez menos por falta de tiempo y por miedo a encontrarme con que había perdido más movilidad y velocidad y swing. Por el horror de encontrarme con que ya no me queda nada de aquello que alguna vez lo fue todo.
BRUNO.-
