Es eso que siempre está. Ese lugar donde nadie es nadie por elección. Es el rincón del pensamiento profundo, un lugar donde nadie puede llegar por más que lo intente toda la vida. Cuando uno se sienta en la barra y pide, el mundo se detiene, por más que el tiempo siga, no se mueve para nosotros. Es ese tiempo donde ya no se es y se analiza lo que se fue. Donde las acciones pasadas entran en un remolino de pensamientos que van a borrarse con el próximo trago de lo que se haya pedido. Es ahí donde todo vale, no hay secretos ni distracciones con uno mismo. Estar sentado en la barra es sentarse a mirar lo que pasó en la vida de uno con ojo crítico. Es ahí donde se hacen los análisis más profundos, aunque uno no lo sepa.
La barra, como concepto abstracto y concreto, no está ausente en la vida de nadie. Es más, siempre, pero siempre está: es tu amiga en la soledad, el lugar donde atiende el consuelo las veinticuatro horas del día. Tal vez, el hecho de sentarnos en la barra sea símbolo de madurez – o de vejez, o de lo que quieran – pero todos nos sentamos. Todos. No hay salida, no hay escapatoria.
Una vez que nos sentimos satisfechos con lo que vimos, con lo que pensamos, con lo que fue, ponemos la frente en alto y una sonrisa se nos escapa, como contenida, para reflejar la satisfacción del deber cumplido. Ahí es donde el tiempo empieza a moverse otra vez, cuando nos entendemos mejor que nunca. Y es por eso, que los mejores encuentros son los pasan en las barras, porque ahí la gente se conoce como es, no hay máscaras, no hay disfraces, sólo está la barra.
